viernes, 16 de septiembre de 2011

Día 30. Uno que pueda salvar vidas.

Ninguno... y cualquiera

A excepción de los libros de primeros auxilios, no se me ocurre ninguno que, de por sí, tenga la capacidad de salvar vidas. Incluso dudo de lo que pueda hacerse con un libro de esos en caso de emergencia, pues seguramente uno estará tan asustado que no podrá descifrar las gráficas o siquiera sostenerlo.

Sin embargo, creo también que cualquier libro puede salvar la vida de alguien, pues hay encuentros literarios que desatan transformaciones muy profundas, bien porque dan palabras para expresar lo que uno no sabía decir, o porque muestran otra perspectiva de situaciones por las que se pasa y cambian de ese modo todo el panorama, aun sin proponérselo. 

  

Día 29. Uno que me haya robado

Noches lúgubres, de José Cadalso


Antes que nada, alegaré en mi defensa que se trató de un robo inducido y confesaré, con algo de vergüenza, que nunca pasé de hojear y leer unas pocas páginas de ese libro que sé que habita ahora entre mis cajas y que he cargado conmigo, inconcluso, desde hace años. Excepto a este viaje, al que no vine con ningún libro. Los límites en el peso permitido para el equipaje me lo impidieron hasta con el mismísimo Cortázar.

Digo que fue un robo inducido porque se trata de un libro que alguien se empeñó en prestarme y que después, cuando intentaba devolvérselo, no quiso recibirme. Siempre me preguntaba si ya lo había acabado de leer y yo siempre le decía que no, pero que me avergonzaba llevar tanto tiempo con él. Me decía entonces que no importaba, que me tomara mi tiempo, que no había prisa; pero al fin sucedió que nunca más nos volvimos a ver y me quedé con el libro y la vergüenza. 

Tanta insistencia en que yo tuviera ese texto es tal vez la mejor parte de la historia. Resulta que he sido siempre un ser más bien apático, que huye de las fiestas y el jolgorio, que no baila por arrtimia y por principio. En mis tiempos universitarios me percaté con asombro de que no era la única persona con semejante carácter, así que para un 31 de octubre decidí organizar una anti-fiesta, una reunión sin música para bailar, sin mucha luz y cuentos de terror en voz alta. Los disfraces eran opcionales y la tarjeta de invitación -porque era un evento de lo más excluyente- solicitaba a sus portadores que procuraran no estar muy felices esa noche. La no-fiesta tenía nombre: Noche lúgubre, así que era el singular del libro de Cadalso y cuando mi amigo lo vio pensó que era algo que yo, artífice de tan memorable velada, debía leer.

Por ahí en alguna cajita de las muchas que yacen en Medellín conservo una de las tarjetas de invitación, impresa en papel fino... Es una lástima estar tan lejos y no poder compartirles una foto.

Día 28. Uno que me haya asustado

Nunca más, de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas -Argentina-

La realidad es más aterradora que la ficción, sobre todo por eso, porque es verdad. Una historia ficticia, una película, tienen siempre la garantía de que van a acabarse, de que son obra de la imaginación (a veces retorcida) de alguien, pero todo es falso y pasa sin nefastas consecuencias.

Este libro me asusta tanto que no he sido siquiera capaz de leerlo; lo tengo en pdf y he intentado comprarlo (hasta ahora sin éxito) pero sé demasiado bien de qué se trata porque llevo meses oyendo hablar de él y he leído fragmentos e historias sobre las historias que allí se cuentan y que son terribles. Son relatos de sobrevivientes de los campos de detención, tortura y exterminio que funcionaron en montones de lugares de Argentina y cuyo saldo oficial y mil veces repetido cuenta 30.000 desaparecidos.


Tal vez un miedo igual -o peor, por tratarse de situaciones que sucedieron en mi país- me causaría leer completo el libro Mi confesión, de Carlos Castaño, más que por la descripción de las cruentas acciones que cometió y ordenó, por la frialdad perversa con que las narra y las justificaciones morales y de salvaguardia que alega, bastante parecidas a las enarboladas por todos los militares que se tomaron el poder en latinoamérica y la dejaron llena de sangre y vacía de muchas vidas.


Me da miedo encontrarme tan de frente con eso que sé desde hace tiempo, con lo que he vivido desde niña, con esa faceta violenta desmedida del ser humano, con ese total desprecio por las vidas de quienes quieren cosas diferentes. Pero mi ciudad, mi país, los caminos que he decidido tomar, no me permiten evadirla y sigo en el intento de entender y de inventarme con otros maneras de hacer otra cosa con la rabia y la ambición, con esa energía tanática que todos tenemos pero que no sirve solamente para aniquilar. O al menos eso me empeño en creer. 

jueves, 15 de septiembre de 2011

Día 27. Uno que me regalaron y no me gustó

Uno de ángeles


Tan poquito me gustó que ni me acuerdo cómo se llamaba... Sé que a un amigo se le fueron las luces cuando estábamos en la Universidad y en un cumpleaños se apareció con un flamante libro sobre ángeles que yo miré con asombro y agradecí con mal disimulado desencanto. No me atreví a rechazarlo (por aquello de la cortesía) pero supe desde que lo vi que iría a parar al anaquel más escondido y que sólo sería leído si alguna vez un curioso con gustos menos terrenales que los míos lo encontraba. 


Puede decirse que fue un libro que pasó sin pena ni gloria por mi vida, aunque este reto viene y lo pone en un blog, aunque sin poder restituirle el nombre.

Día 26. Uno que asocio con la música que me gusta

Libro de Manuel, de Julio Cortázar


Sí señores, uno más de Julio. Uno que tiene un corte muy político, muy de izquierda y siempre me hace pensar en Sui Generis y Serú Girán, que fueron los grupos de Charly García durante la última dictadura militar en Argentina. Yo los vine a conocer ya tarde, rebelde y adolescente y no me han dejado de gustar. 

Hace tiempo supe de los esfuerzos que tenía que hacer Charly para dar a las letras de sus canciones una cara admisible para los censores de la dictadura, pero ahora que me dedico a estudiar sobre esa época -no tan lejana- de Argentina, comprendo de otra manera lo que eso implicaba, porque se volvía casi cuestión de vida o muerte. En Libro de Manuel eso queda muy claro, pues da cuenta de lo que militantes que estaban dentro y fuera de latinoamérica hacían para promover sus ideas pero, sobre todo, para evadir la tortura y la muerte que los acechaba y que iba llevándose sin piedad a amigos, familiares, niños, en las distintas dictaduras que se habían instalado en demasiados países.

Manuel es justamente un niño hijo de militantes para quienes sus padres, conscientes de que su vida pendía de un hilo, preparan un álbum en el que mezclan los momentos familiares con la lucha, las conspiraciones, las reflexiones sobre el sentido de lo que hacen, los recortes de lo que sucede, de los que mueren, de los que denuncian. El libro como tal es un álbum, una especie de collage donde hay fotografías, recortes de periódicos, dibujos.

Aquí Cortázar habla de su libro, de sus razones...


Y Serú Girán canta Viernes 3 a.m., una de las canciones censuradas durante la dictadura y tal vez la que más me gusta de ese grupo:


sábado, 10 de septiembre de 2011

Día 25. Uno para aprender a perder

Del amor, del olvido, de Darío Jaramillo Agudelo

Y sí, se llegó la hora de hablar de amor... Alguna vez tenía que aparecer en este reto y lo hace justo aquí, en un libro para aprender a perder. Porque es que si en alguna faceta de la vida uno tiene que aprender a perder, es en el amor, que es una cosa que nos llega a todos y a todos se nos va, y vuelve, y nos enreda la vida a veces aunque la hace  más llevadera otras. 

En todo caso, lo mejor es aprender a vivir sin él (aun cuando esté), no porque uno sea un amargado que no quiere a nadie sino porque, incluso amando con toda el alma, hay que conservar un pedacito de sensatez en alguna parte que sepa que nada es para siempre y que hay que entregarse al amor mientras está y agradecerlo, disfrutarlo, pero que cualquier día, sin que uno sepa cómo ni por qué, se puede ir, puede cambiar, desaparecer dejando muchos rastros pero sin intenciones de volver.

Este libro de poemas da cuenta de mil momentos del amor, los de la fascinación, la rabia, el deseo, el despecho y la soledad, esa que está siempre y primero:

Poema de amor 13

Primero está la soledad.
En las entrañas y en el centro del alma:
ésta es la esencia, el dato básico, la única certeza;
que solamente tu respiración te acompaña,
que siempre bailarás con tu sombra,
que esa tiniebla eres tú.
Tu corazón, ese fruto perplejo, no tiene que agriarse con tu sino solitario;
déjalo esperar sin esperanza
que el amor es un regalo que algún día llega por sí solo.
Pero primero está la soledad,
y tú estás solo,
tú estás solo con tu pecado original -contigo mismo-.
Acaso una noche, a las nueve,
aparece el amor y todo estalla y algo se ilumina dentro de ti,
y te vuelves otro, menos amargo, más dichoso;
pero no olvides, especialmente entonces,
cuando llegue el amor y te calcine,
que primero y siempre está tu soledad
y luego nada
y después, si ha de llegar, está el amor.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Día 24. Uno que no le prestaría a nadie

Hay tres libros que no presto ni prestaré jamás:

Rayuela, El libro del desasosiego y la obra completa de Alejandra Pizarnik. Para los dos primeros ya tienen las razones en otras entradas de este mismo blog (el que más veces he leído y el que se puede leer por fragmentos), así que hablaré sólo del de Pizarnik.

Mi relación con ella cumplió ya más de una década (lo que quiere decir que empezó temprano, pero también que ya no soy tan joven como solía ser) y fue una casualidad más, esta vez de cuenta de una compañera de colegio que prestaba sus libros en la biblioteca y los llevaba a clase. Alguna vez dejó uno sobre su pupitre y yo comencé a hojearlo. Fue como un gran descubrimiento: alguien podía poner en palabras un montón de cosas que yo sentía y que no sabía decir. La fascinación fue inmediata y duradera. No todos los días se encuentra uno palabras precisas, punzantes, dolorosas como lilas.

El tiempo ha pasado y la fascinación ha cedido, pero esa oscuridad adolescente de Pizarnik sigue ejerciendo su influencia, dejó marcas que hacen que quiera conservar sus libros aunque ya no me sienta tan así, aunque el drama y la melancolía no sean ya los sellos característicos de mi existencia. Alguna vez lo fueron y no veo por qué tenga que renegar de ello u ocultarlo. Hay cosas que uno guarda para evocarse, para poder mirarse en el espejo del pasado y no reconocerse.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Día 23. Uno que quisiera volver a leer en la vejez

El último encuentro, de Sándor Márai

Difícil cuestión para mí, que soy una re-lectora empedernida... Hace años que me dedico a leer los mismos libros, pero no sé si alguno de ellos conservará el interés hasta la vejez. Me imagino que Rayuela seguirá estando a la mano y que tal vez lo mire con otros ojos, me sirva para evocar un montón de cosas de las que habrán pasado en mi vida ya sosegada y asentada en algún lado.

Pero para no repetirme tantísimo, digamos que volvería a leer El último encuentro, de Sándor Márai, del que recuerdo sólo la sensación de tristeza justa que me produjo y que creo, desde mis vagos recuerdos, que puede ser un libro para leer cuando han pasado muchos años y muchas cosas, cuando es tiempo de sentarse y mirar hacia atrás, contemplar lo que fue desde lejos y darse cuenta que hay cosas que, aunque distantes, siguen teniendo efectos sobre la vida, la marcaron de formas insospechadas. 

Día 22. Uno de poemas

Cantos de rechazo, de Anise Koltz


La poesía es un género que disfruto mucho, sobre todo cuando se trata de poemas cortos, al grano, como dardos que dan en los puntos más sensibles sin tener que recurrir a un exceso de metáforas y de palabras rebuscadas. En el esfuerzo mental de recordar los libros de poemas que han dejado su impronta en mí, me percato de que casi todos han sido de mujeres: Alejandra Pizarnik, Piedad Bonnett, María Mercedes Carranza y la que elegí para estar aquí, una desconocida que se llama Anise Koltz. 

Llegó a mí por casualidad un día que me armé de valor y fui a visitar a Ángela y Fernando, los fundadores de Prometeo (la Corporación que se encarga de dar vida cada año al Festival Internacional de Poesía de Medellín) con quienes hice talleres de poesía cuando rondaba los 8 ó 9 años. La sede quedaba cerca del colegio donde yo estudiaba, en pleno centro de la ciudad, y muchas veces quise entrar, saludarlos, decirles que todavía recordaba con alegría esos sábados atípicos en los que yo, en vez de ir a clases de natación como hacían todos mis amigos, me sentaba horas con otros hijos de bichos raros (porque a esa edad todo depende de los padres, que deciden dónde llevarlo a uno y, sin darse mucha cuenta, le marcan la existencia) a escribir, a hacer acrósticos, a jugar con las palabras... 

Un día entonces fui valiente, y entré, y pregunté por ellos, y ahí estaba Ángela quien -lógicamente- no se acordaba de mí, pero sí de la experiencia de los talleres, y fue acogedora y tierna -como antes- y habló un rato conmigo y me envió para la casa llena de libros y revistas, entre ellos este de Anise Koltz que se robó toda mi atención durante meses y algunos de cuyos poemas todavía puedo decir de memoria, sobre todo este, que creo que no se me olvidará nunca:

Dios
Te imploro 
Como si existieras

Baja de tu cruz
Nos hace falta leña 
Para calentarnos

Día 21. Uno de cuentos.

Un tal Lucas, de Julio Cortázar

No puedo ser una fanática irredenta de Cortázar y poner aquí un libro que no sea suyo. Claro que he leído otros libros de cuentos, de Chéjov, de Borges, de Edgar Allan Poe (traducido por Cortázar) y otros más que no han hecho tanta mella, pero acá tenía que estar él, aun a riesgo de volverme monotemática.

Sus cuentos los he leído todos y aunque no todos me han gustado con igual intensidad, creo que en Un tal Lucas están algunos de los que más disfruto, por cotidianos, por breves, por descabellados. Las historias de Lucas (que uno nota enseguida que es Cortázar mismo tal como él se ve) no recurren a deamasiados artificicos ni aplean a una imaginación demasiado abierta, como ocurre con otros de sus libros. Lucas es un tipo como cualquiera, algo excèntrico, sí, pero no un personaje fantástico (como ocurre con los cronopios), que pasa por situaciones comunes pero las mira de formas inverosímiles, haciendo de la simple visita a un hospital una peripecia de proporciones monumentales, y del amor un ciclo que cabe en cuatro líneas y que puede medirse en años caracol.

Presta a rememorar vienen estos títulos de algunos de los cuentos que componen Un tal Lucas, y que tal vez basten para que alguien quiera alguna vez leerlo: Lucas, sus luchas con la hidra; Amor 77, Lucas, sus largas marchas; Destino de las explicaciones; Lucas, sus soliloquios (hecho especialmente para leer en domingo), Maneras de estar preso, Zipper sonet...


Son nombres que dejan la puerta abierta, que dan indicaciones imprecisas de un tema del que se habla y que será siempre el reflejo del mundo que conocemos, pero un poco dado vuelta.

martes, 30 de agosto de 2011

Día 20. Uno que me haya sorprendido por malo

Angosta, de Héctor Abad Faciolince

Se va a poner contento mi amigo Jean Marcel por esta coincidencia. Elijo el mismo libro que él, el más aburridor de todos los que he leído de Héctor Abad Faciolince, que han sido unos cuatro. 

Angosta se deja leer, no es que uno diga que es la cosa más aburridora del planeta, pero le falta alma, es una fantasía sin demasiado horizonte con una que otra frase citable -no confundir con memorable-. Poco recuerdo ya, sólo que aparece una versión capitalina de Palinuro (la tienda de libros leídos de la que el autor es socio en Medellín y que, dicho sea de paso, es uno de mis lugares favoritos de la ciudad), críticas a la división de clases, algo de denuncia social pero todo muy artificioso, sin fuerza, como carente siempre de algo esencial (por eso digo que es un libro sin alma).

Sin embargo, debo decir para ser justa que Faciolince ha escrito mejores cosas y que por lo menos El olvido que seremos es un libro que merece ser leído,  por lo que muestra de nosotros mismos como sociedad pero ya sin artificios ni metáforas, y porque no es un libro banal ni insulso como este. Angosta adolece de muchas cosas, pero por fortuna la gente cambia y uno puede notarlo en la escritura.

Día 19. Uno que me haya sorprendido por bueno

Delirio, de Laura Restrepo


Antes de leer este libro, nunca había leído nada de ella. Sé que conocía de oídas La novia oscura, y que me daba mucha curiosidad por unos cuantos párrafos que había leído por ahí, pero no tenía ninguna otra referencia. Un día escuché hablar de Delirio, y creo que fue en un noticiero: era todo un acontecimiento nacional que una escritora colombiana ganara el Premio Alfaguara de novela, sobre todo porque en el jurado estaba nada más y nada menos que José Saramago, que además de ser un Nobel era un escritor ya consumado, con muchas obras y muchos años. 

Volvió la curiosidad por Laura Restrepo, y esta vez fue más fuerte que la de La novia oscura, tanto, que decidí comprar el libro, que valía la pena nada más que por su carátula, tan rara, tan azul... Bastó leer la primera frase para quedar atrapada, en tres líneas se transmite toda la angustia de un hombre que llega de un viaje corto y encuentra a su mujer hecha vacío en un hotel cualquiera. Lee uno esa angustia de página y media y plaff, hay un salto extraño, otra voz comienza a hablar, tal vez la del Midas McAlister. Hay un personaje que se llama así, y es el mejor de todos, el que lanza las críticas más mordaces contra la clase social y política que convivió con el narcotráfico y lo financió sin escrúpulos para aumentar sus riquezas a costa de todo un país. Un hombre pobre pero muy hábil, paisa de esos que dan pena ajena (sobre todo porque abundan), pero con su coranzocito, con una capacidad de ver las cosas en conjunto, con un amor extraño pero no incondicional por Agustina.

Delirio refleja la realidad colombiana de los años 90 al tiempo que cuenta historias de amor que se entretejen; lleva a la angustia, a la carcajada, a la compasión por un hombre que ama con locura a una mujer que es la locura misma, pero también por un país que empieza a desangrarse y corromperse sin remedio. La narración es impecable, los personajes se vuelven nítidos, casi reales, las dudas nunca cesan y cuando todo termina uno ya no sabe qué pensar o qué sentir, sólo respira.

sábado, 27 de agosto de 2011

Día 18. El que más veces he leído

Haré trampa y traeré hasta aquí algo que ya había escrito en mi blog original, (http://desdeunparaisoerrante.blogspot.com/) sobre Rayuela, el libro que más he leído y seguramente seguiré leyendo. 


Rayuela, el libro que es muchos libros


Voy a pretender que acabo de leer por primera vez Rayuela. No es cierto que así sea, aunque sí lo es que lo estoy releyendo una vez más, dejándome sorprender por la belleza y la profundidad de sus palabras, por la forma como cada personaje va tomando forma y dibujándose etéreo en mi mente mientras leo.

Sólo cuatro líneas y me percato que he de cambiar de planes. No puedo pretender algo falso para invitar a quienes no lo conozcan a que se aproximen a Cortázar. Hablaré de mis impresiones reales, de mi experiencia de mucho años con el libro puzle.

Lo primero que conocí, tal vez como muchos otros, fue el capítulo 7: "Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera...” ¿Cómo no querer seguir leyendo un libro donde había una hermosura tan transparente? Además, el amor es el mejor aliciente para emprender nuevos proyectos, y si a mi amado de entonces le causaba Cortázar tal fascinación que pudo recitarme aquello, era evidente que bien valía la pena aventurarse en su universo.

Conseguí Rayuela un día cualquiera de plena adolescencia en una mesa de libros leídos: era la edición verde de Oveja Negra, pésimamente encuadernada. Fue sólo abrirlo para darme cuenta de que no era un libro cualquiera. Tenía una ruta extraña, sin lógica aparente, que el autor me proponía seguir. Y el primero en recibirme era César Bruto, con sus reflexiones eséntricas y esóticas. No había duda de que me iba a divertir.

Sin embargo, fue mucho más que diversión lo que encontré en el intrincado laberinto de ese juego que tendía al cielo. Cada personaje, cada encuentro narrado, cada soliloquio de Oliveira, llegaba hasta lo más hondo de mi ser, ponía en palabras intuiciones y pensamientos que me rondaban desde siempre pero que nunca había podido pensar con claridad. No podría afirmar que el libro me ofreció soluciones, pues cada personaje sostenía sobre un mismo asunto puntos de vista tan disonantes y convincentes a la vez, que era sumamente difícil darle la razón a alguno. Tal vez esa riqueza de posiciones, la forma como cada quien argumenta (o no) lo que siente y lo que cree, es una de las mayores riquezas de Rayuela, un libro que no le da al lector ideas acabadas acerca de nada y que, por el contrario, le muestra que las seguridades que alguna vez tuvo sobre la vida, la realidad o el amor, son tan relativas como su propia existencia.

Cortázar apuntaba a un tipo de lector activo, cómplice, opuesto al que él llamaba (en boca de Morelli) lector hembra, y que describía como “el tipo que no quiere problemas sino soluciones, o falsos pro­blemas ajenos que le permiten sufrir cómodamente sentado en su sillón, sin comprometerse en el drama que también debería ser el suyo”[1].  Rayuela fue la apuesta cortazariana por hacer una novela que rompiera con los cánones establecidos, y ese intento lo llevó a destrozar la narrativa tradicional, a escribir un libro que es muchos libros, a entretejer mil historias que se conectan de las maneras más insospechadas.

No es posible vivir la experiencia de Rayuela sin ser cómplice de Horacio, de la Maga, de Traveler, de Etienne, de Roland, de Gregorovius, de Talita, de cualquiera de sus muchos y muy bien trazados personajes. No es posible, porque acercarse a Rayuela es justamente eso, una experiencia que se vive y no un relato que se lee. Por eso se trata de un libro que atrapa o que repele, que no da lugar a términos medios: uno se conecta o no entiende nada; se deja envolver por su magia, quedando atrapado largamente, o sale de él a la velocidad de un rayo. Los cronopios del mundo lo saben; los famas, ni se han dado por enterados. Y está bien que así sea.


[1] Julio Cortázar. Rayuela. Cap. 99. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 2004. 

viernes, 26 de agosto de 2011

Día 17. Uno de este año

En el país del no me acuerdo - Silencio dijo el cura, silencio dijo el juez  
Apuntes sobre terrorismo de Estado y educación


No me queda más remedio que incluir otra referencia académica. Este año ha sido de maestría y casi todas mis lecturas se han centrado en estos asuntos. Igual lo más seguro es que en otro contexto la situación no variaría mucho. No suelo comprar muchas novedades editoriales, a no ser que se editen libros de autores que ya conozco y en los que confío. El año pasado conseguí dos que se me quedaron entre el tintero con los preparativos del viaje y los múltiples trasteos: Demasiados héroes, de Laura Restrepo y El prestigio de la belleza, de Piedad Bonnett. Pero esos no cuentan, porque son del 2010 y porque no los leí.

Quedan entonces este par de libritos editados por el Archivo Provincial por la Memoria de Córdoba, que son insumos para trabajar el tema de la última dictadura militar argentina en los colegios del país. Es una propuesta para acercar el horror a quienes no lo vivieron pero con otra cara, una que permita que los estudiantes (niños y jóvenes) conozcan lo que pasó pero también lo comprendan y, sobre todo, construyan sus propias memorias al respecto. Dejo la presentación que los propios autores, como colectivo, le dan a la obra:

"Leer nos torna rebeldes", escribía Henry Böll y en ese sentido esta propuesta para educadores y alumnos es una invitación tanto a leer como a escribir; a preguntar y a contestar; a escuchar y a expresar; a creer y a desconfiar; a conocer la historia desde nuestras historias; a pensarnos como sujetos críticos, alegres y rebeldes, capaces, como dice Paulo Freire, de conocer la realidad con el objetivo certero de su posible transformación.

Día 16. Uno ruso que sí haya leído

Pensamiento y lenguaje, de Lev Vygotsky


No me odien. Sé que no es literatura, pero los únicos rusos que he leído y de quienes conservo algo en mi memoria son Vygotsky y su discípulo, Luria. Gajes de haber estudiado psicología. 

De todos modos, debo reconocer que su lectura fue muy significativa pues le otorgan un lugar central al lenguaje y a las condiciones de vida de los sujetos en la conformación de la personalidad y la imagen del mundo. No son ideas tan alejadas a las que pueden rastrearse también en textos literarios, como Cien años de soledad, sobre el que ya comenté algo hace un par de entradas. Un ejemplo de la influencia del lenguaje en la percepción humana:


(...) yo no veo el mundo simplemente con colores y formas, sino que también percibo el mundo con sentido y significado. Yo no veo simplemente una cosa redonda y negra con dos manecillas, sino que veo un reloj y puedo distinguir perfectamente una manecilla de la otra[1].

Cuando era pequeña sé que leí también algunos cuentos de Anton Chéjov, pero mentiría si dijera que recuerdo algo más que el hecho de que el libro pasó por mis manos y estuvo largas horas ante mis ojos. El contenido de ese recuerdo se ha diluido casi por completo.


[1] Lev Vygotsky. El desarrollo de los procesos psicológicos superiores, p. 60.





Día 15. Uno que haya amado hace años y del que hoy reniego

Ilusiones, de Richard Bach


No entraré en muchos detalles sobre esta parte oscura (por lo "luminosa" y optimista) de mi pasado literario. Diré solamente que alguien me regaló ese libro en un cumpleaños (los 11 ó los 12, según creo) y me pareció un texto muy bonito, muy esperanzador él. Llegó a gustarme tanto que pedí que me regalaran también El puente hacia el infinito, Ningún lugar está lejos y, por último Uno. Tengo la impresión de que este último me desencantó de un tajo, porque ya me pareció el colmo de la fantasía y porque nunca, nunca, logré que apareciera ni siquiera una mísera pluma ante mis ojos por más que la deseara intensamente. 


Seguí viviendo y me di cuenta de que querer es sólo una parte de poder, y que hacer es lo verdaderamente esencial. Para cuentos de cosas que aparecen de la nada, me quedo con Bruja, que alguna vez leí en voz alta por ahí:



Día 14. Uno que haya odiado hace años y hoy admiro

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez



Este fue otro punto difícil del reto. Tuve que hurgar por días en mi cabeza y el único libro que se me ocurrió, aunque no se ajusta del todo a la descripción de la categoría, fue Cien años de soledad. No fue nunca un libro que rechacé o que desprecié, pero sí uno con el que tuve problemas para conectarme… Recuerdo que la primera vez que leí un fragmento (en un libro de texto de la clase de español, en el colegio) no me gustó nada y encontré absurdo que la gente tuviera que ponerle a las cosas un letrero con su nombre para no olvidarlas. Paradójicamente, cuando al fin leí el libro completo, ese fue uno de los apartados que más me gustó. Habían pasado los años y, con el tiempo y la formación en la universidad, comencé a comprender la importancia que tiene el lenguaje para conocer, percibir y aun construir la realidad. Releyendo algunos fragmentos para hacer esta mínima reseña, caigo en cuenta de que, una vez más, se trata de un libro que tiene que ver con la memoria y el olvido.

Este reto me ha mostrado que esos temas son más que recurrentes en mi vida y pone de manifiesto que no es en absoluto gratuito que me encuentre en Argentina –el país que siempre quise conocer- haciendo una maestría en historia y memoria. Ha resultado más eficaz que un psicoanálisis para descubrir tendencias que han estado ahí desde hace mucho, marcando los caminos que sigo.

He aquí una prueba de mi obsesión, la más citada de todas:

«(...) la india les explicó que lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado»
   

martes, 23 de agosto de 2011

Día 13. El primer libro que leí en mi vida

El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde

Como creo que les pasó a muchos, esta es una elección medio arbitraria, pues dejo de lado lecturas infantiles que hice con menos grado de consciencia aunque con indudable avidez. No voy a hablar de los cuentos que leía con mis primos y que venían en una presentación muy sencilla, de portadas amarillas de papel que nunca volví a ver. No lo haré porque no sabría cómo referirme a ellos y porque fueron un montón de cuentos sueltos, desde La cenicienta hasta El flautista de Hamelin o El nuevo traje del emperador, toda una obscenidad a mis seis años.

Ya un poco más grande, a los ocho o nueve años tal vez, leí este librito pequeño que me llevó mi papá de regalo, uno que ya no era tan infantil ni estaba lleno de dibujos sino que era todo letras. Me emocionó que fuera una historia de fantasmas y comencé a leerlo sin parar, imaginando las peripecias de ese pobre fantasma que da con una familia que no se deja asustar. Tal argumento me sorprendió bastante, porque hasta ese momento todos los fantasmas que conocía (que eran muchos, porque también mi papá nos dejaba ver películas de terror) eran perversos y malvados, y la gente siempre se asustaba aunque después encontrara la manera de enfrentarlos. Pero burlarse y hacerse amigo de ellos no estaba entre los planes. 

De Wilde debe venirme la tendencia a dudar de todo y el hecho -para muchos amigos increíble- de que jamás le he temido a los fantasmas. Creo más bien que siempre albergué la fantasía de hacerme amiga de uno. 

PD: La imagen que acompaña esta entrada es exactamente la portada de la versión que leí cuando era niña. Me emocioné y todo cuando la vi.

lunes, 22 de agosto de 2011

Día 12. Una biografía

El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince


Este es otro de esos libros que no sé hasta qué punto cabe en la categoría que lo pongo, pero que se me impone. Si es cuestión de argumentar, no creo que haya mucho disenso en que ese libro narra la historia de una vida y una muerte -las de Héctor Abad Gómez- y, por ahí derecho, nos cuenta también la influencia de esa vida y esa muerte en la existencia de otra persona: su hijo, Héctor Abad Faciolince, con lo que tenemos una obra que es biográfica y autobiográfica al mismo tiempo.

Del hijo uno puede decir muchas cosas, y él mismo se describe en una de sus novelas (Angosta) como "el creído", reconociendo su inolcutable petulancia. Hay que admitir, sin embargo, que es un buen escritor, con algunos "descaches" (como los de tantos otros), pero con posiciones claras y una prosa sin demasiados ornamentos que se deja leer con fluidez.

El olvido que seremos, además de poseer estas cualidades, resulta profundamente conmovedor y uno llega a sentir como propio el dolor del asesinato de su padre. En todas las páginas que preceden a ese fatal acontecimiento -conocido de antemano-, se ha trazado una imagen tan humana y tan definida de Héctor Abad Gómez que se vuelve un señor que uno conoce, y admira, y hasta quiere. El relato de su muerte no tiene nada de lastimero e incluso la rabia (tan presente en ciertos apartados) parece diluirse en esos momentos de perplejidad que rodean el instante de enterarse, para retornar con toda su fuerza cuando se confirma que es verdad que esa fue otra vida arrancada a tiros, otra vida que sabía que iba a apagarse más temprano que tarde porque las amenazas estaban ahí pero él no iba a dejar de ser lo que era.

De personas como esta he aprendido que la dignidad es un valor más supremo que la vida, que a veces es mejor morir que vivir de cualquier manera.


Día 11.Uno que me haya motivado a visitar algún lugar

Fueron muchos...

No puedo elegir un solo libro. Fue la lectura de muchos la que marcó mi fijación por Argetnina, una fijación que finalmente me trajo a vivir temporalmente aquí. Cortázar primero y el que más, con sus cuentos y novelas, muchos de los cuales transcurren en Buenos Aires, en Chivilcoy, en toda clase de barrios y de villas. En Pizarnik su país no es un tema que aparezca, pero el sólo hecho de haber nacido allí y de que sus poemas me dieran las palabras para tantas cosas que sentía y que no sabía decir, bastaron para aumentar mi deseo de conocerlo. Borges tuvo también su influencia, sobre todo por el poema que se llama Buenos Aires y del que siempre recuerdo: "No nos une el amor sino el espanto / ¿Será por eso que la quiero tanto?". Bioy Casares, Puig, Sábato y otros menos célebres para mi memoria difusa hicieron también parte de esa confabulación que definió a Argentina como un lugar que no me podía morir sin conocer.

Con Cortázar y la música tal vez habría bastado, pero hubo siempre más y heme aquí, recorriendo al fin este país por pedacitos, descubriendo a la mítica Buenos Aires, bajándola un poco del pedestal, dándole forma concreta a lo que solamente había imaginado. Sigo encontrando este país maravilloso, pero con el paso de los meses descubro con algo de asombro (injustificado por demás) que este no es mi lugar natural, que hay cosas con las que no resueno, que las estaciones no me gustan, que algunas costumbres de aquí no podrán volverse nunca tales para mí. 

Algo bueno de estar conociendo Argentina de este modo cotidiano y no solamente de paseo, es que la fascinación va cediendo y queda lugar para nuevas curiosidades que van forjando la ruta de otros viajes por hacer. Tratándose de Cortázar (conmigo siempre se trata de Cortázar) tengo también que conocer París, pero no está claro todavía cuándo llegará el tiempo de ese viaje. Lo que sí sé es que, estando en esa ciudad, me aprovecharé de la mínima extensión del viejo continente y visitaré también Lisboa -otra de mis ciudades soñadas- y de paso recorreré algunas más que, aunque no estén tan cargadas de historias para mí, será un encanto conocer.

domingo, 21 de agosto de 2011

Día 10. Uno con una pésima versión cinematográfica

El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde

Para empezar, debo confesar que esta parte del reto, que une literatura y cine, me resultó particularmente difícil. Pese a que disfruto bastante del cine y he dedicado muchos sábados de mi vida a ver películas y a armar cineclubes, nunca me he fijado mucho en si se tratan de adaptaciones de libros, y así como no corro a ver cada película que sale basada en un libro que me gusta, tampoco corro a leer cada libro que da el argumento a alguna película que he visto.

Así las cosas, tuve que hurgar mucho en mi memoria y hacer pequeñas trampas, revisando listas de adaptaciones y leyendo críticas, hasta que finalmente di con esta película sosa que no le hace la más mínima justicia al libro de Oscar Wilde. El director no fue capaz siquiera de elegir un actor que se asemejara físicamente a Dorian Grey y, en cuanto a su personalidad, mucho me temo que la olvidó por concentrarse en hacer un film de "terror" sobre una historia que más se presta para un drama psicológico. No sé de dónde se sacó la idea de ese muchachito temeroso y falto de toda gracia y agudeza, ni cómo habrá convencido a Colin Firth de participar en tan insípido proyecto. Justamente el personaje que interpreta, y que carga con gran parte del componente filosófico de la obra literaria, se vuelve pesado porque  algunas de sus intervenciones se tornan poco creíbles en el universo que Oliver Parker recrea. 

Tal vez las historias así, llenas de conversaciones trascendentales y densas reflexiones, sólo puedan sostenerse en textos escritos, donde las palabras sugieren universos a los que cada quien dará forma a su manera, pero pierden credibilidad y realismo cuando tratan de encarnarse en personajes concretos. O tal vez simplemente esta obra cayó en manos equivocadas, porque también es cierto que en el cine uno puede creerse cualquier cosa siempre y cuando se hayan creado unas condiciones que hagan eso posible.

sábado, 20 de agosto de 2011

Día 9. Uno con una excelente versión cinematográfica

Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell



Sí, lo confieso. Yo leí Lo que el viento se llevó... Fue hace menos tiempo que varios de los libros que ya he mencionado en este reto, y lo hice por sugerencia de otro profesor de la Universidad, quien me lo prestó y me dijo que encontraba muy llamativas las personalidades de Scarlett O´hara y Retth Butler. Cuando me dijo eso recordé que cuando era niña yo solía leer un libro que tenía una tía sobre los signos del zodíaco y su carácter. Sí, sí, también me interesé alguna vez por ese tipo de cosas, en mi temprana adolescencia, y me quedaron de ahí cosas como llamarme Ariana en Twitter. Traigo esto a colación porque ese libro en particular me gustaba mucho, pues estaba lleno de referencias literarias y usaba para describir las personalidades de mujeres, hombres y niños de cada signo, fragmentos de Alicia en el país de las maravillas y de otras obras literarias. En el caso de la mujer de aries, decía que Scarlett O´hara era una fiel representante de sus características más intrincadas, por su fuerza, su impulsividad, su fragilidad oculta, su pasión desbordante.

Leí el libro con mucha curiosidad y, por supuesto, reconocí en mí algunas cosas del personaje, como buena jovencita estudiante de psicología que busca en cada cosa que lee un rasgo con el cual identificarse. Más allá de este interés inicial, debo decir que el libro me atrapó rápidamente y además de aprender una que otra cosa sobre la Guerra de secesión, me hizo pensar mucho en las posiciones que se asumen ante los embates de la existencia, la comodidad de la esclavitud, los riesgos de la libertad y los grandes logros -pero también los profundos estragos- que pueden acompañar a los seres que tienen una voluntad inquebrantable. Scarlett es una mujer admirable pero que también da miedo, pues cualquiera que esté dispuesto a llevarse el mundo por delante para satisfacer sus deseos termina por convertirse en un riesgo para sí mismo y para otros. Vivien Leigh es una actriz simplemente perfecta para representar a Scarlett, con sus expresivos ojos verdes y esa belleza indefinible y llena de fuerza que conserva pese a todo la marca de la fragilidad. No en vano esta película es un clásico de todos los tiempos, de esas que hay que ver porque además de las innovaciones que supuso en técnica y arte cinematográficos, tiene una buena historia qué contar. 

jueves, 18 de agosto de 2011

Día 8. Uno para leer por fragmentos

El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa


Su estructura lo impone. El libro del desasosiego no está hecho para ser leído de corrido, pues su misma construcción es fragmentaria, deshilachada, sin ninguna linealidad que sea necesario seguir. Además, tiene el nombre muy bien puesto, y tanto desasosiego es mejor tomarlo por sorbos, a fin de dejarse punzar por las descarnadas y profundas reflexiones sin correr el riesgo de verse inducido al suicidio o a una depresión forzada. Igual he de decir que eso sólo podría ocurrirle a personas que no amen la melancolía como a sí mismos, porque los melancólicos empedernidos están más que bien entre sus letras, con ese bienestar oscuro que consiste en no ser nunca completamente feliz y encontrar en la tristeza una fuente inagotable de belleza. Porque hay gente asi -se los juro, los he visto- y he vivido con una desde que tengo consciencia de mí.

No sería justo en todo caso decir que este libro está hecho nada más que de tristeza, a veces es sólo el tedio de una vida rutinaria, y hay fragmentos también para reírse, para reparar en cosas absurdas que decimos o que hacemos todos sin darnos demasiada cuenta.

Antes de compartir un fragmento que me gusta mucho y que de tristeza tiene poco, he de decir también que este es uno de esos libros que no sólo puede leerse por fragmentos, sino que puede perfectamente volverse un libro de cabecera, uno del que no hay que desprenderse nunca.

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        He meditado hoy, en un intervalo de sentir, en la forma de prosa que uso. En verdad, ¿cómo escribo? He tenido, como todos han tenido, el deseo pervertido de querer tener un sistema y una norma. Es cierto que he escrito antes de la norma y del sistema; en esto, por tanto, no soy diferente de los demás. 
       Analizándome esta tarde, descubro que mi sistema de estilo se asienta en dos principios, e inmediatamente, y con la buena manera de los buenos clásicos, erijo estos dos principios en fundamentos generales de todo estilo: decir lo que se siente exactamente como se siente - claramente, si es claro; oscuramente, si es oscuro; confusamente, si es confuso- comprender que la gramática es un instrumento, y no una ley. 
      Supongamos que veo ante nosotros una muchacha de modales masculinos. Un ente humano vulgar dirá de ella, «Esa muchacha parece un muchacho». Otro ente humano y vulgar, ya más cerca de la conciencia de que hablar es decir, dirá de ella «Esa muchacha es un muchacho». Otro igualmente consciente de los deberes de la expresión, pero más animado por el afecto de la concisión, que es la lujuria del pensamiento, dirá de ella «Ese muchacho». Yo diré «Esa muchacho», violando la más elemental de las reglas gramaticales, que manda que haya concordancia de género, como de número, entre la voz substantiva y la adjetiva. Y habré dicho bien: habré hablado en términos absolutos, fotográficamente, fuera de la vulgaridad de la norma, y de la cotidianeidad. No habré hablado: habré dicho. 
       La gramática, al definir el uso, hace divisiones legítimas y falsas. Divide, por ejemplo, los verbos en transitivos e intransitivos; sin embargo, el hombre de saber decir tiene muchas veces que convertir un verbo transitivo en intransitivo para fotografiar lo que siente, y no para, como el común de los animales hombres, el ver a oscuras. Si quiero decir que existo, diré «Soy». Si quiero decir que existo como alma separada, diré «Soy yo». Pero si quiero decir que existo como entidad que a si misma se dirige y forma, que ejerce junto a si misma la función divina de crearse, ¿cómo he de emplear el verbo «ser» sino convirtiéndolo súbitamente en transitivo? Y entonces, triunfalmente, antigramaticalmente supremo, diré «Me soy». Habré dicho una filosofía en dos palabras pequeñas. ¿Cuán preferible no es esto a no decir nada en cuarenta frases? / ¿Qué más se puede exigir de la filosofía y de la dicción?/ 
       Obedezca a la gramática quien no sabe pensar lo que siente. Sírvase de ella quien sabe mandar en sus expresiones. Cuéntase de Segismundo, Rey de Roma, que, habiendo, en un discurso público, cometido un error gramatical, respondió a quien le habló de él, «Soy Rey de Roma, y además de la gramática». Y la historia narra que fue conocido en ella como Segismundo «supergrammaticam». ¡Maravilloso símbolo! Cada hombre que sabe decir lo que dice es, a su manera, Rey de Roma. El titulo es regio y la razón del titulo es serse.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Día 7. Uno muy divertido

El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha


Basta con pensar en la expresión "desfacer entuertos" para que surja en mí una sonrisa irreprimible. El relato de las andanzas del Quijote, acompañado de ese escudero interesado pero fiel que es Sancho Panza, es una fuente inagotable de risas, desde la descripción del aspecto del personaje principal, hasta las situaciones inverosímiles y absurdas en las que se ve envuelto y cuyo desarrollo tergiversa con la mayor seriedad, dotando de magia y heroísmo lo que no es más que una realidad muy cruda y llena de fracasos. Con este par de personajes termina uno por creerse que todo en esta vida es cuestión de actitud, pues le ponen a todo tan buena cara que hay que preguntarse si tiene sentido tanto drama cotidiano que nos inventamos por causas más bien nimias. 

Bien podría replicarme alguien que Don Quijote es el más dramático de los personajes que se hayan inventado, y tendrá razón en parte, pero su drama no deja nunca de ser coherente con la vida que eligió. No hay exceso de quejas y, pese a que en ocasiones maldiga al destino, lo que ocurre es aceptado casi con estoicismo, en una asunción del propio camino que pocos estamos en condiciones de imitar.

Las aventuras de este honroso hidalgo bien cabrían dentro de esa categoría perversa pero poética que se inventaron los dictadores argentinos para prohibir libros: fantasía ilimitada. Lo de ingenioso lo comparte el hidalgo con Cervantes, pues sólo de una cabeza proclive en exceso a la fantasía podían surgir tan hilarantes historias.


Foto tomada en el Archivo Provincial por la Memoria de Córdoba (Argentina), en la sala de libros prohibidos.

martes, 16 de agosto de 2011

Día 6. Uno de un Nobel

El evangelio según Jesucristo, de José Saramago


Repite Saramago en mi selección de libros. No he leído todos los que escribió, pero de los que conozco este es sin duda el que más me ha gustado. Al principio no es fácil leerlo, porque está lleno de diálogos separados nada más que por comas, sin guiones, sin signos de interrogación, confiando la interpretación a la simple cadencia que las comas y los puntos le imponen a las palabras. Pero una vez que se aprende su código, la lectura fluye incesante y a cada vuelta de hoja se encuentra uno con algún cuestionamiento que lo sorprende, con críticas muy agudas y muy certeras contra todo el sistema de culpas que ha sido minuciosamente creado por las religiones.

Sobra decir que es un relato atrevido y desafiante -casi herético-, que nos muestra a un Jesús que no quiere redimir al mundo, que es puesto al cuidado del mismísimo diablo por decisión divina y que hace mil cosas para escapar a su destino. Pero Dios es un tirano que sólo le da una oportunidad de elegir y, pese a haber pasado años con Pastor y haber forjado en su compañía un carácter rebelde y contestatario, es incapaz de percibir la trampa y sucumbe en ella, sellando un pacto que ya no se puede deshacer.

El fragmento más vibrante de todos, a mi juicio, es el diálogo que sostienen Jesús, Dios y Diablo hacia el final del libro, una conversación entre enemigos íntimos que devela un Dios terrible que simplemente se divierte jugando con los destinos de los hombres, destruyéndolos y volviéndolos a crear a su antojo. Jesús, por ejemplo, es un objeto cuya voluntad ya no cuenta una vez sellado el pacto, y los milagros -le dice Dios burlonamente- sucederán a su pesar, porque no es él quien los provoca:

"Volvamos a empezar, volvamos a empezar a partir del momento en que te dije que estás en mi poder, porque todo lo que no sea una aceptación tuya, humilde y pacífica, de esta verdad, es tiempo que no deberías perder ni obligarme a perder a mí, Volvamos a empezar, dijo Jesús, pero toma nota de que me niego a hacer milagros y, sin milagros, tu proyecto no es nada, un aguacero caído del cielo que no alcanza para matar ninguna sed verdadera, Tendrías razón si estuviese en tu mano el poder hacer o no hacer milagros, Y no es así, Qué idea, los milagros, tanto los pequeños como los grandes, soy yo quien los hace siempre, en tu presencia, claro, para que recibas los beneficios que me convienen, en el fondo eres un supersticioso, crees que basta con que esté el milagrero a la cabecera de un enfermo para que el milagro acontezca, pero queriéndolo yo, un hombre que estuviera muriéndose sin tener a nadie a su lado, solo en la mayor soledad, sin médico, ni enfermera, ni pariente querido al alcance de su mano o de su voz, queriéndolo yo, repito, ese hombre se salvaría y seguiría viviendo, como si nada le hubiera ocurrido, Por qué no lo haces entonces, Porque él imaginaría que la curación le había venido por gracia de sus méritos personales y se pondría a decir cosas como ésta Una persona como yo no podía morir, ahora bien, ya hay demasiada presunción en el mundo que he creado para que ahora permita que a tanto puedan llegar los desconciertos de opinión, Es decir, todos los milagros son tuyos..."

¿Habrá sido este libro la inspiración de Alberto Montt para su dios y su diablo? Estoy a punto de creerlo...





lunes, 15 de agosto de 2011

Día 5. Uno de viajes

Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar


Soy la primera en dudar de que este libro quepa en esa categoría, pero por más que pensé y pensé fue el único que se me ocurrió. 

Al autoexilio temporal que me tiene en Argentina me vine con poquísimos libros y toda mi biblioteca y los cuadernos en los que he tomado nota de mis lecturas desde hace años, reposan en Medellín. No cuento entonces sino con mi memoria y, en lo que a ella concierne, o no he leído ningún libro de viajes o al menos ninguno fue tan significativo como para ocupar un lugar persistente en sus recovecos insondables. Sin embargo, por alguna razón, la palabra viaje está asociada con Adriano, tal vez porque los emperadores necesariamente salen de sus tierras, aunque sólo sea con el poco loable propósito de apoderarse de otras e imponerles su mandato.

En el relato íntimo y personal que Yourcenar imagina y que Cortázar traduce, los viajes aparecen marginalmente, como uno de tantos pretextos para otras reflexiones más profundas y vitales, como muy bien puede percibirse en frases como esta: "Pocos hombres aman durante mucho tiempo los viajes, esa ruptura perpetua de los hábitos, esa continua conmoción de todos los prejuicios".

Memorias de Adriano no es propiamente un relato de viajes, aunque menciona muchos. Más que el contorno de los lugares, el tipo de arquitectura o una descripción detallada de las costumbres, ahonda en las implicaciones de moverse del lugar que se considera propio, en las repercusiones que tiene en la vida de alguien el conocimiento de otros países, la visión de otros modos de vida, el contacto con lo nuevo en todas sus formas. 

Así como en una reflexión anterior descubrí que prefiero la inconspicuidad, descubro ahora que tiendo a los libros íntimos, a las historias que se narran desde adentro, que dan preponderancia a la subjetividad y cuentan lo que los personajes sienten, piensan, creen... El lugar donde se sitúen los acontecimientos es lo de menos, porque lo que cuenta, en la vida como en la literatura, es qué pasa y qué se hace con ello. 


domingo, 14 de agosto de 2011

Día 4. Uno que le gusta a todos menos a mí

Caballo de Troya, de J.J. Benítez

He de decir para comenzar que fue difícil escoger el libro para esta categoría... Eso de "un libro que le gusta a todos" es un criterio bastante ambiguo, porque uno no sabe (al menos a mí me costó decidirlo) si pensar en esos libros que tienen gran acogida comercial y mucha gente lee como por inercia, o en ciertas obras literarias que parecen estar sobrevaloradas. Me decidí al fin por la primera opción, porque es ahí donde se encuentran mis más grandes desafectos. Ya situada en esa esfera se me ocurrieron varios candidatos: El secreto, El alquimista, Deshojando margaritas, Juventud en éxtasis, Quién se ha llevado mi queso, El código Da Vinci...

Sin embargo, con el único de entre todos los que se me ocurrieron que tuve un contacto cercano fue con Caballo de Troya. En mis primeros años de adolescencia, varios de sus tomos estaban en la casa de unos tíos que eran mis principales proveedores de libros en esos años de lectura voraz. Recuerdo que los miré muchas veces y leí las contraportadas, pero finalmente nunca me decidí a llevármelos. Su portada no me generaba confianza, pues me resultaba recargada y se me parecía a un anuncio publicitario. Además, su temática bíblica no era muy atrayente y esa idea de una máquina del tiempo no terminaba de convencerme. Tal argumento estaba bien para "La casa voladora", que era un programa infantil, pero me parecía poco creíble en un libro que no se presentaba como de ficción. Finalmente presté oídos a mi intuición y nunca lo leí, pese a sus muchas reediciones y a que siempre lo presentaban como un best-seller. Creo que desde entonces miro con desconfianza los libros que tienen esa etiqueta... prefiero la inconspicuidad.

Para que hagan memoria o se enteren, he aquí un fragmento de "La casa voladora"






sábado, 13 de agosto de 2011

Día 3. Uno que es un placer culposo

Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga



Después de mucho cavilar sobre cuál sería un placer culposo literario, me acordé de este librito entretenido y lleno de frases certeras que me recomendó un profesor bastante posmodernista en medio de un mar de elogios. Eran los tiempos de la universidad y de las grandes y fugaces fascinaciones y este profesor en particular tenía todo un halo de intelectual malpensante que generaba admiración y hasta fe ciega en algunos. Por más pintoresco que me resulte ahora como personaje, nunca renegaré de su influencia porque por él aprendí a ser rigurosa en la escritura y a interesarme por temas y autores poco conocidos y muy polémicos que me ayudaron a formar una mentalidad crítica y a reforzar esa actitud de no tragar entero con la que venía desde antes.


Pero en fin, se supone que debería estar hablando del libro, o de lo que aún queda de él en mi memoria atiborrada. Es un libro que se lee con facilidad, que no recurre a giros complicados y que nos sitúa en un mundo bastante agradable en apariencia, un mundo sin sida donde la gente copula en cada esquina, en cada garaje, con cada ser que se le antoja. Un mundo sin moral pero que sin embargo no ha logrado suprimir el amor y entonces, para evitar sus complicaciones, tiene vendedores de una droga mágica que elimina los recuerdos, con consecuencias bastante parecidas a las que ya nos mostró "Eternal sunshine of a spotless mind". ¿Quién habrá copiado a quién? Quizá ninguno, tal vez es sólo una fantasía que ronda a la humanidad desde hace mucho y ha empezado a tomar forma en distintos cerebros, en ese fenómeno extraño que hace que ideas similares empiecen a materializarse casi al mismo tiempo en distintos lugares del mundo.

Algunas frases para el recuerdo -¿o el olvido?



  • "Desde que los periódicos dicen que el mundo se acaba, siento que las canciones son más cortas y los días más largos".
  • "Los días son a veces tan tristes que sencillamente no merecen la pena. No merece la pena correr, ni esperar, ni vigilar. Días tan tristes que no merecen ni un esfuerzo, ni el más pequeño movimiento. Los días así hay que dejarlos correr, como los trenes nocturnos."
  • "Sólo después de olvidar eres completamente inocente y por eso mismo, definitivamente culpable."
  • "No estoy dispuesto a cargar con los años que no recuerdo."

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¿Cómo no iba a gustarme un libro así, obsesionada como he estado siempre por la memoria y el olvido?

viernes, 12 de agosto de 2011

Día 2. Uno que me demoré mucho tiempo en leer

La divina comedia

Empecé a leer ese libro cuando tenía 15 años y estaba en el colegio. Mientras todos mis amigos leían "Juventud en éxtasis" o cualquiera de esa serie para adolescentes, a mí me dio por meterme con Dante y su visita a los infiernos. Acostumbrada a leer desde niña gracias a los libros que me llevaba mi papá de la biblioteca del colegio en el que trabajaba, jamás pude digerir esa literatura insulsa que se vale de fórmulas elementales y mueve a la sensiblería y a reflexiones moralistas y muy obvias. 

Recuerdo que tardé muchos meses en leer La divina comedia, en parte porque a veces me cansaba del estilo del autor, pero también porque a veces no entendía nada y tenía que leer y releer fragmentos enteros para no perderme. La guía de Beatriz no me bastaba.

Tanto tiempo después sólo quedan en mi memoria cosas muy vagas: círculos, barcas, largas imprecaciones... Y el hecho de que estar leyéndolo me salvó de tener que hacer una reseña sobre uno de esos libros adolescentes, que era justamente lo que usaba la profesora del español para "fomentar" la lectura. Qué poca imaginación tenía esa profesora.