viernes, 20 de julio de 2012

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. 

Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. 

Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.


viernes, 13 de julio de 2012

Instrucciones para subir una escalera

"Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso". 


domingo, 8 de julio de 2012

Orientación de los gatos







"Es extraño; aunque he renunciado a entrar de lleno en el mundo de Osiris, mi amor por Alana no acepta esa llaneza de cosa concluida, de pareja para siempre, de vida sin secretos. Detrás de esos ojos azules hay más, en el fondo de las palabras y los gemidos y los silencios alienta otro reino, respira otra Alana. Nunca se lo he dicho, la quiero demasiado para trizar esta superficie de felicidad por la que ya se han deslizado tantos días, tantos años. A mi manera me obstino en comprender, en descubrir; la observo pero sin espiarla; la sigo pero sin desconfiar; amo una maravillosa estatua mutilada; un texto no terminado, un fragmento de cielo inscrito en la ventana de la vida".

El regreso de las lecturitas fatales


Mucho tiempo después, regreso. 


Regreso con mi voz a seguir compartiendo las lecturas que me gustan, las fatales y las gloriosas, o las simplemente hermosas. 

Empezaré, obviamente, por Cortázar, y seguiré al ritmo y las palabras que me dicte el ánimo.

Bienvenidos otra vez.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Día 30. Uno que pueda salvar vidas.

Ninguno... y cualquiera

A excepción de los libros de primeros auxilios, no se me ocurre ninguno que, de por sí, tenga la capacidad de salvar vidas. Incluso dudo de lo que pueda hacerse con un libro de esos en caso de emergencia, pues seguramente uno estará tan asustado que no podrá descifrar las gráficas o siquiera sostenerlo.

Sin embargo, creo también que cualquier libro puede salvar la vida de alguien, pues hay encuentros literarios que desatan transformaciones muy profundas, bien porque dan palabras para expresar lo que uno no sabía decir, o porque muestran otra perspectiva de situaciones por las que se pasa y cambian de ese modo todo el panorama, aun sin proponérselo. 

  

Día 29. Uno que me haya robado

Noches lúgubres, de José Cadalso


Antes que nada, alegaré en mi defensa que se trató de un robo inducido y confesaré, con algo de vergüenza, que nunca pasé de hojear y leer unas pocas páginas de ese libro que sé que habita ahora entre mis cajas y que he cargado conmigo, inconcluso, desde hace años. Excepto a este viaje, al que no vine con ningún libro. Los límites en el peso permitido para el equipaje me lo impidieron hasta con el mismísimo Cortázar.

Digo que fue un robo inducido porque se trata de un libro que alguien se empeñó en prestarme y que después, cuando intentaba devolvérselo, no quiso recibirme. Siempre me preguntaba si ya lo había acabado de leer y yo siempre le decía que no, pero que me avergonzaba llevar tanto tiempo con él. Me decía entonces que no importaba, que me tomara mi tiempo, que no había prisa; pero al fin sucedió que nunca más nos volvimos a ver y me quedé con el libro y la vergüenza. 

Tanta insistencia en que yo tuviera ese texto es tal vez la mejor parte de la historia. Resulta que he sido siempre un ser más bien apático, que huye de las fiestas y el jolgorio, que no baila por arrtimia y por principio. En mis tiempos universitarios me percaté con asombro de que no era la única persona con semejante carácter, así que para un 31 de octubre decidí organizar una anti-fiesta, una reunión sin música para bailar, sin mucha luz y cuentos de terror en voz alta. Los disfraces eran opcionales y la tarjeta de invitación -porque era un evento de lo más excluyente- solicitaba a sus portadores que procuraran no estar muy felices esa noche. La no-fiesta tenía nombre: Noche lúgubre, así que era el singular del libro de Cadalso y cuando mi amigo lo vio pensó que era algo que yo, artífice de tan memorable velada, debía leer.

Por ahí en alguna cajita de las muchas que yacen en Medellín conservo una de las tarjetas de invitación, impresa en papel fino... Es una lástima estar tan lejos y no poder compartirles una foto.

Día 28. Uno que me haya asustado

Nunca más, de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas -Argentina-

La realidad es más aterradora que la ficción, sobre todo por eso, porque es verdad. Una historia ficticia, una película, tienen siempre la garantía de que van a acabarse, de que son obra de la imaginación (a veces retorcida) de alguien, pero todo es falso y pasa sin nefastas consecuencias.

Este libro me asusta tanto que no he sido siquiera capaz de leerlo; lo tengo en pdf y he intentado comprarlo (hasta ahora sin éxito) pero sé demasiado bien de qué se trata porque llevo meses oyendo hablar de él y he leído fragmentos e historias sobre las historias que allí se cuentan y que son terribles. Son relatos de sobrevivientes de los campos de detención, tortura y exterminio que funcionaron en montones de lugares de Argentina y cuyo saldo oficial y mil veces repetido cuenta 30.000 desaparecidos.


Tal vez un miedo igual -o peor, por tratarse de situaciones que sucedieron en mi país- me causaría leer completo el libro Mi confesión, de Carlos Castaño, más que por la descripción de las cruentas acciones que cometió y ordenó, por la frialdad perversa con que las narra y las justificaciones morales y de salvaguardia que alega, bastante parecidas a las enarboladas por todos los militares que se tomaron el poder en latinoamérica y la dejaron llena de sangre y vacía de muchas vidas.


Me da miedo encontrarme tan de frente con eso que sé desde hace tiempo, con lo que he vivido desde niña, con esa faceta violenta desmedida del ser humano, con ese total desprecio por las vidas de quienes quieren cosas diferentes. Pero mi ciudad, mi país, los caminos que he decidido tomar, no me permiten evadirla y sigo en el intento de entender y de inventarme con otros maneras de hacer otra cosa con la rabia y la ambición, con esa energía tanática que todos tenemos pero que no sirve solamente para aniquilar. O al menos eso me empeño en creer.